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sábado, 14 de febrero de 2015

¿QUÉ PERIODISMO QUEREMOS TENER?

El reciente fallecimiento del controvertido periodista David Carr (Minnesota, Estados Unidos. 1956) en plena redacción, pone de manifiesto la necesidad de luchar por un periodismo de calidad que sea el verdadero garante de toda sociedad democrática que se precie.

Asiduo escritor en el New York Times, sus columnas -que salían todos los lunes- contenían un gran rigor periodístico que hacían de su lectura algo imprescidible para cualquier persona con una mínima base ética. En ellas plasmaba toda esa honestidad que le caracterizaba y que le hizo tan grande en esta denostada profesión. Cabe recordar que se investigó a sí mismo utilizando la técnica del fact-cheking, que consistía en comprobar los datos de una pieza periodística.

Pero sin lugar a dudas el momento cumbre llegó en 2011 cuando salió a la luz Page One, un documental realizado por él donde explicaba la crisis de la prensa papel y la compleja transición que se estaba dando al mundo digital.

Con un pasado difícil marcado por un consumo de drogas y alcohol excesivo, Carr jamás rehusó de lo que fue y, cuando llegó a la fama, fue el primero en querer averiguar cada momento de aquellos borrosos años con el objetivo de saber qué le había llevado hasta ese punto. Obsesivo, riguroso y metódico en todo lo que hacía, entrevistó a 70 personas para reconstruir ese pasado en La noche de la pistola. Su imagen quedó tan sumamente dañada que la prensa y la televisión compatriota exigió su despido. Los que antes le habían venerado, serían los que después pedirían su cabeza.

Sobre el papel, David Carr acabó repudiado por una sociedad que antes le ensalzaba. Sin embargo, fue un icono del periodismo más puro que puede haber. No solo escribió e investigó a grandes magnates, políticos o economistas buscando sin tapujos una verdad que constantemente le era esquiva. Fue capaz de predicar con el ejemplo y llevar hasta los extremos los cánones del periodismo más originario: se investigó a sí mismo con objeto de que, tanto él como la sociedad que tanto le quería, supiese que ni era tan santo y que sí tenía parte de diablo.

En estos tiempos que corren donde la falta de ética y la pérdida de escrúpulos son tan patentes, una figura como la de Carr se acaba convirtiendo en una bandera. ¿Qué periodismo queremos?, o mejor dicho, ¿hasta qué punto vamos a permitir que intereses políticos, económicos y partidistas influyan de manera directa en la información?

Jamás entendí que medios y política fueran de la mano, como tampoco entendí que los medios tengan que ser financiados por particulares o por intereses partidistas o sectoriales. Es ahí donde acaba la independencia de una herramienta fundametal que debe erigirse como el contrapeso a un Estado opresor y emponzoñado. Es el propio Estado el que debería preservar la neutralidad de los medios con partidas monetarias que sean intocables independientemente de quién gobierne. Solo así podría existir una sociedad plural que enriqueciera a la opinión pública y garantizase el derecho a la libertad de expresión, hoy coartada en la práctica.
 
No me privaré, no obstante, de hacer crítica hacia el sector, que en innumerables ocasiones ha mancillado su ejercicio al dejarse corromper y pisotear hasta la extenuación. La falta de rigor ético, la incoherencia en muchas ocasiones y la mediocridad a la hora de desarrollar la actividad con plenas garantías ha supuesto una losa que cada día pesa más.

La masacre de Charlie Hebdó o la omisión de noticias sobre el frente ucrano-ruso son dos buenos ejemplos actuales de hasta dónde se ha desvirtuado el derecho que le es más propio al ser humano. Está en nuestras manos tratar de recuperarlo y de definir, de una vez por todas, qué tipo de sociedad queremos ser.



"El poder para moldear el futuro de una República estará en manos del periodismo de las futuras generaciones" --- Joseph Pulitzer

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